por el padre Christy John CMF, Administrador del Programa PastoralDurante nuestro programa de formación pastoral en la región pastoral de Old Fangak, en la diócesis de Malakal, conocí a muchos catequistas devotos, cuyas vidas siguen fortaleciendo la fe del pueblo de Dios en medio de inmensos sufrimientos. Entre ellos, una persona me llegó profundamente al corazón: el catequista James. La historia de la Iglesia en Sudán del Sur es una historia de fe preservada a través del sacrificio. Durante décadas, nuestro pueblo ha soportado la opresión, la guerra, los desplazamientos, los conflictos tribales, el hambre y la inseguridad. Y, sin embargo, la fe ha sobrevivido. La Iglesia ha permanecido viva. Las comunidades han seguido reuniéndose para orar. Los niños han seguido aprendiendo la fe. Las familias han seguido confiando en Dios. Este milagro no ha ocurrido por casualidad. Se ha producido en gran parte gracias al servicio silencioso y fiel de innumerables catequistas que han llevado el Evangelio a lugares donde los sacerdotes no siempre podían llegar. En muchas aldeas remotas, donde durante meses o incluso años no hay un sacerdote, el catequista se convierte en el rostro vivo de la Iglesia. Reúne a la gente para rezar, enseña a los niños, prepara a los catecúmenos para los sacramentos, consuela a los enfermos, acompaña a los que están de luto y mantiene viva la llama de la fe. Sin los catequistas, muchas comunidades cristianas de Sudán del Sur habrían desaparecido hace tiempo. El catequista James es uno de esos héroes ocultos. Mientras estaba sentado hablando con él, vi en sus ojos un ardiente fuego de fe. No había amargura, ni quejas, ni búsqueda de reconocimiento. Al contrario, me encontré con un hombre profundamente enamorado de Dios y comprometido con el servicio a su pueblo a pesar de las abrumadoras dificultades. Lo que más me conmovió no fueron solo sus palabras, sino su vida. La fotografía de sus pies descalzos y sus sandalias gastadas me impactó más profundamente que muchos sermones que he escuchado. Esas sandalias gastadas se convirtieron en un mensaje evangélico. Contaban la historia de innumerables kilómetros recorridos bajo el sol abrasador. Hablaban de los pueblos visitados, de las oraciones dirigidas, de los niños instruidos y de las comunidades sostenidas en la fe. Revelaban años de sacrificio, sufrimientos ocultos y un compromiso inquebrantable. Mientras miraba esos pies, sentí que se ponía a prueba mi vocación religiosa. Pensé en mi voto de pobreza. Pensé en las comodidades que a veces busco. Pensé en las pequeñas incomodidades que de vez en cuando me desaniman. Entonces volví a mirar al catequista James y comprendí que el verdadero discipulado misionero no se mide por lo que poseemos, sino por lo que estamos dispuestos a dar. El catequista James es uno de esos héroes ocultos. Mientras estaba sentado hablando con él, vi en sus ojos un ardiente fuego de fe. No había amargura, ni quejas, ni búsqueda de reconocimiento. Al contrario, me encontré con un hombre profundamente enamorado de Dios y comprometido con el servicio a su pueblo a pesar de las abrumadoras dificultades. Lo que más me conmovió no fueron solo sus palabras, sino su vida. La fotografía de sus pies descalzos y sus sandalias gastadas me impactó más profundamente que muchos sermones que he escuchado. Esas sandalias gastadas se convirtieron en un mensaje evangélico. Contaban la historia de innumerables kilómetros recorridos bajo el sol abrasador. Hablaban de los pueblos visitados, de las oraciones dirigidas, de los niños instruidos y de las comunidades sostenidas en la fe. Revelaban años de sacrificio, sufrimientos ocultos y un compromiso inquebrantable. Mientras miraba esos pies, sentí que se ponía a prueba mi vocación religiosa. Pensé en mi voto de pobreza. Pensé en las comodidades que a veces busco. Pensé en las pequeñas incomodidades que de vez en cuando me desaniman. Entonces volví a mirar al catequista James y comprendí que el verdadero discipulado misionero no se mide por lo que poseemos, sino por lo que estamos dispuestos a dar. Presta servicio en una zona donde muchas familias tienen dificultades para conseguir siquiera una comida al día. Las oportunidades de trabajo son prácticamente inexistentes. Las instalaciones escolares son escasas. La inseguridad sigue siendo una amenaza constante. Los medios de transporte son casi inexistentes. Y, sin embargo, sigue sirviendo fielmente, año tras año. Durante nuestra conversación, me contó una realidad sencilla pero conmovedora. Cada vez que sale de casa para las actividades de la Iglesia, sus hijos esperan su regreso con la esperanza de que les traiga algo. A veces no tiene nada que llevarles. Con lágrimas en los ojos, dijo: «Cuando vuelvo, esperan algo. Si no traigo nada, se sienten decepcionados. Pero este es nuestro destino». Esas palabras me traspasaron el corazón. En ese momento, comprendí más profundamente el costo del discipulado. He aquí un hombre que sigue sirviendo a la Iglesia a pesar de saber que su propia familia lucha por sobrevivir. He aquí un padre que lleva el peso de la pobreza mientras se dedica a la misión de la evangelización. He aquí un catequista que tenía todas las razones para rendirse, y sin embargo seguía diciendo «sí» a Dios. Su testimonio me recordó las palabras de San Pablo: «Estamos atribulados en todo, pero no angustiados; perplejos, pero no desesperados; perseguidos, pero no abandonados». P. Christy John, CMF |
Date Published:08 June 2026 Author:Father Christy John, CMF
Article Tags: Noticias, Sudán del Sur, Blog, Solidarity, misión, fe, catequistas |











